Parapente en Sopelana: Sobrevolando la costa vasca

Poder sobrevolar los paisajes que habíamos recorrido previamente en coche o a pie iba a ser un auténtico lujo. O al menos así era como yo visualizaba en mi cabeza la experiencia que estábamos a punto de iniciar a medida que recorríamos a pie el sendero que rodeaba la playa de Barinatxe. El cielo se llenaba ya de parapentes de todos los colores que aprovechaban el excelente viento que hacía, suave y formando corrientes propicias para conseguir que ese amasijo de tela e hilos se suspendiera en el aire… En ese preciso momento volvía a acordarme de mi maldito miedo a las alturas…


 Anteriormente, en Roadtrip por el Cantábrico: Cantabria se quedaba atrás en nuestro camino por el momento, con la última parada en Castro Urdiales. Una ciudad costera impresionante con un ambiente en las calles que desde luego nos enganchó. Lo difícil fue dejarla atrás y continuar el camino, pero nuestra siguiente parada iba a ser también especial…

Las playas de Sopela, muy cerca de Bilbao, son el excelente escenario donde disfrutar, una vez más, de sesiones de surf al igual que las otras muchas playas que ya habían captado nuestra atención a lo largo del viaje. Pero en esta ocasión estábamos en el aparcamiento de la playa de Barinatxe para una cosa completamente distinta.

Habíamos hablado con un monitor de vuelo en parapente que nos habían recomendado unos amigos de Made y habíamos quedado en que esta tarde por fin teníamos las condiciones idóneas para poder volar. ¡Volar! Acabo de escribir esa palabra y creo que aun no soy consciente de todo lo que implica y por supuesto lo que estaba a punto de suponer para nosotros.

Que yo sepa, al ser humano todavía no le habían salido alas y por lo tanto la única opción que tiene para sentir la sensación de volar es incorporar de alguna manera artilugios que, amarrados al cuerpo, permitan acercarle a esa sensación que desde siglos ansía.

A la cabeza me vienen esas imágenes antiguas de los inventos de Leonardo Da Vinci que intentaban emular el movimiento de las alas y levantar el vuelo o intentar al menos mantenerse suspendido en el aire algo mas que unos escasos segundos. Resulta que luego llegaron las alas delta, las avionetas y, si queréis, podríamos incluso añadir los aviones comerciales (aunque la sensación de volar aquí sea casi inexistente) y el pobre Leo se lo perdió. Seguro que hubiera alucinado ahora…

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

¿Preparados para levantar el vuelo? ¡Nosotros si!

En definitiva, el ser humano viene sintiendo pura envidia en toda regla de las gaviotas y otros pájaros que campan a sus anchas en estas zonas y que son las reinas de los cielos. Excepto hoy. Hoy son los parapentes los que roban el protagonismo a estas aves, aprovechando las perfectas condiciones climáticas que por fin, después de varios días de mal tiempo y lluvia, se concentraban en unas pocas horas del día que debíamos aprovechar.

Las mismas corrientes de aire que las gaviotas aprovechan para remontar su vuelo y mantenerse suspendidas en el aire iban a ser las que nuestro parapente iba a aprovechar para intentar ponerse, nunca mejor dicho, a su altura.

Alcanzábamos ya a pie la zona alta de los acantilados desde donde estaban saliendo y tomando tierra todos los pilotos de parapente y allí preguntamos por David, el que iba a ser el piloto de nuestro biplaza aéreo por un rato. Hechas las presentaciones y formalizados todos los trámites, llegaba el momento de realizar el primer vuelo.

Ya que yo era el más cagado de los dos y por lo tanto no tenía sentido estar prolongando ese nudo en el estómago que llevaba un rato haciéndose más y más presente, yo me ofrecí para el primer viaje. De perdidos al río, ¿no? Enganchamos los arneses y demás correas de seguridad y llegó el momento de correr hacia delante.

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Corríamos los dos hacía el borde del acantilado, donde se acababa la tierra firme y donde estaba seguro que no había más que un descenso abrupto formado por rocas afiladas y que acababa muchos metros más abajo en lo que era la húmeda (y muy compacta,seguro) arena de la playa.

Pero en ese momento en el que estaba concentrado solamente en seguir moviendo las piernas para coger velocidad, ni se me pasó eso por la cabeza. Cada paso que daba ya, ni siquiera estaba tocando tierra. Estaba “pataleando” ya en el aire y ya no tenía sentido seguir. Ya estaba todo hecho…

Todo pasó tan rápido que en el momento en el que empecé a asimilar lo que había pasado en esos pocos segundos y miré hacia abajo, ya estábamos en pleno vuelo, varios metros por encima del “campamento base” en el que Made me hacía señas, moviendo la mano en un saludo mientras se lanzaba a disparar fotos sin parar.

La verdad es que antes de despegar le pedí a David, en un último arrebato de cague extremo, que me tratase “con cariño” y no se pusiera muy extremo en el aire. Pero ahora estábamos los dos aquí arriba y yo no estaba experimentando ninguna sensación desagradable. Todo lo contrario. Estaba sentado en el soporte, con David a mi espalda controlando el ala y explicándome como funcionaba todo y que maniobras se podían hacer, ¡y tan tranquilos, oye!

Me decía también que no tenía nada de que preocuparme, que íbamos a ir haciendo alguna que otra maniobra y a medida que fuera cogiendo confianza iríamos viendo hasta cual podríamos llegar sin llegar a pasar ningún mal trago.

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Os decía antes que la climatología era importante, pero resultó serlo mucho más de lo que al principio suponíamos. No solo era que soplara el viento adecuado y que hubiera una corriente lo más constante posible sin que se formaran rachas violentas. Es que el calor del sol sobre las rocas de los acantilados se iba a encargar de formar bolsas de aire que David tenía que aprovechar.

¡Y vaya si lo hacia! Con menuda solvencia se movía David en el aire y como anticipaba los cambios de aire que dejaban vacía el ala del parapente. Menos mal que lo anticipaba porque si no, te aseguro que el susto que me iba a llevar al ver el ala arrugándose durante unos breves segundos al quedarse vacía iba a ser de campeonato.

Rápidamente conseguía inflarla de nuevo y vuelta a remontar el vuelo para buscar la altura adecuada para realizar un nuevo descenso. Esta vez pensaba en bajar en zig zag… “Tal vez se te duerman las piernas pero eso es solo porque al descender tan rápido es posible que la sangre no acaba de llegar del todo a ellas y provoque esa sensación de hormigueo”. ¡Espera! ¿En que momento habíamos empezado a hacer este tipo de maniobras?

Pues nada, ahí estábamos, descendiendo en picado a gran velocidad acercándonos a toda leche contra la playa y remontando el vuelo al final de todo. ¡Buf!… espera… ¿¡Podemos repetirla!? 😀

A estas maniobras le siguieron otras, intercaladas con unos suaves y tranquilos paseos aéreos en los que volver a reubicarse y mientras tanto seguir comentando más detalles sobre el vuelo y explicarme como conseguía mantener ese maldito pedazo de tela suspendido a metros de altura sobre la playa.

¡Y hablando de la playa! Era el paisaje recurrente, siempre presente en todo momento. La de Barinatxe (o como también se la conoce: la salvaje) era un emplazamiento de lujo, encajada entre pequeños acantilados de roca coronados por campo verde desde el que nos íbamos lanzando todos los que allí estábamos ese día para sentir la sensación de volar. Y la estábamos viendo desde lo alto…

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

¿Y a quien se le ocurrió primero esto del parapente?

Mientras sigo volando un poco más y haciendo alguna que otra maniobra de esas que molan y asustan a partes iguales, hagamos una pequeña parada para ver de que va esto del parapente más en detalle.

Resulta que esta disciplina deportiva nació como un atajo para montañistas y ahora es un deporte que se ve cada vez más en las zonas cuyo viento y orografía propician los vuelos y garantizan la seguridad minimizando riesgos.

Para ser sinceros, hay que tener siempre en cuenta que estas cosas no aparecen de la nada por generación espontanea, así que, antes de esto, algunos paracaidistas e incluso la NASA ya habían hecho algún pinito que otro para intentar que el paracaídas permitiera realizar un vuelo o planeo en lugar de simplemente frenar el descenso de una caída libre.

Así que parece mentira que fuera hace solo unas décadas cuando a aquellos montañistas se les ocurrió que podían aprovechar todo ese conocimiento previo de sus precursores y con ello intentar deshacer todo el camino de vuelta planeando después de coronar la montaña. No tenían más que descender con una especie de paracaídas adaptado que les permitía atajar el trayecto sin esfuerzo alguno.

A lo tonto, acabaron siendo parte de ese conjunto de intrépidos que acabaron creando todo este movimiento que llena de parches de colores el cielo de algunos de los más impresionantes paisajes allí donde se van estableciendo las zonas de vuelo más recomendables.

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

En la actualidad, como suele ocurrir pasado un tiempo después del invento, la evolución y las distintas modalidades abren un enorme abanico de posibilidades. Poder volar en solitario, con un ala más acortada que propicia las maniobras más bruscas y agresivas, es uno de los placeres de los más experimentados, llegando a hacer todo tipo de piruetas en el aire.

Por otro lado, para los novatos como nosotros que solo buscábamos disfrutar de la experiencia y las vistas, la opción del vuelo en tándem, con un ala más ancha controlada por un monitor experimentado, era la idónea para asumir el menor riesgo posible y maximizar el disfrute del vuelo.

Todo este equipo permite recorrer hasta 9-10 metros de distancia por cada metro de altura perdido si está en manos de uno de esos tíos que controlan. Por si fuera poco, parece que incluso se pueden alcanzar perfectamente los 50-60 km/h, una velocidad endiablada si tenemos en cuenta que no hay motores de por medio y solo hay tela, hilos y la pericia del tío suspendido a pelo en el aire…

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Todo lo bueno siempre tiene un final

Ahora comenzábamos a realizar un último descenso para poner fin al viaje. Veinte minutos se habían hecho incluso eternos, con todo lo vivido en tan poco tiempo, pero tomábamos tierra ya y llegaba el momento de que Made disfrutara de su turno mientras yo la fotografiaba.

Mientras, Víctor, el chico que nos había puesto en contacto con David, había llegado ya hasta allí para salir él a volar en solitario y hacer unas cuantas acrobacias aprovechando el día.

Desde luego verlo era contemplar ese estilo mucho más agresivo, buscando acrobacias y maniobras mucho más espectaculares. Desde luego consiguió impresionarme cuando se detuvo frente a mi, suspendido en el aire a pocos centímetros del suelo sin casi moverse, y se puso a hablar como si nada. Me di cuenta de lo precisos que podían llegar a ser los movimientos de estos chismes, así como la velocidad que luego en el aire podía llegar a alcanzar cuando salió disparado a acercarse a saludar a Made en el aire mientras ella realizaba su vuelo…

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Parapente en sopelana

Una vez acabados los vuelos, tanto Made como yo estábamos ya con los pies en la tierra (aunque con el cuerpo flotando todavía) y nos sentábamos un rato para disfrutar con calma de las vistas y charlar tranquilamente sobre la experiencia con Victor y María José.

Mientras, la gente que estaba esperando su turno para su momento de vuelo pasaba corriendo y levantando el vuelo a nuestro lado, o sobrevolaba nuestras cabezas a pocos metros, buscando otra corriente a la que sumarse para poder volver a alcanzar algo de altura y continuar suspendidos en el aire.

Una vez hechas las despedidas y de camino al coche, llegaba la puesta de sol, siempre fiel a la cita y la contemplábamos una vez más antes de considerar finalizado el día y por lo tanto volver al camping, descansar y asimilarlo todo…

Anochecer sobre la playa de Sopelana

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