Una noche de navidad por el centro de Lisboa

En estas fechas de cenas, juergas y reencuentros con amigos y familiares, el tiempo para las escapadas parecía quedarse corto cuando revisamos el calendario. Queríamos disfrutar de algún viaje pero sin renunciar a pasar algo de tiempo con nuestra gente, por lo que tocaba hacer malabarismos con las fechas. Para ello, necesitábamos un destino razonablemente cercano, y fue cuando nos dimos cuenta de que teníamos una capital europea que ninguno de los dos conocíamos aún, a muy poca distancia: Lisboa.

Al estar en Galicia con la familia, el coche se nos planteó como la opción más económica, ya que implicaba el mismo gasto que ir en autobús (el medio más barato que encontramos en estas fechas) y tardaríamos casi la mitad de tiempo.

El único problema que nos encontramos con el coche fue logístico. Desde hacía unos años, muchas de las autopistas portuguesas habían adoptado un sistema de peaje automático que implicaba la desaparición de una cabina en la que poder parar y pagar. Esto suponía que, o bien debíamos disponer de un dispositivo automático de pago, o bien debíamos vincular nuestra matricula de coche a una tarjeta de crédito para que el sistema automático fuera haciendo los cargos en la tarjeta a medida que circulábamos por Portugal.

El caso es que no todas las autopistas de Portugal tienen implantado este sistema, por lo que después de investigar a fondo la ruta que seguiríamos y el sistema de pago de cada una, comprobamos que si salíamos desde Vigo, solo utilizaríamos la A3 y la A1 para llegar a Lisboa, y ambas todavía disponían de cabinas de pago, por lo que era totalmente factible el circular a la vieja usanza en coche.

Así fue como nos merendamos algo más de 4 horas en coche cruzando Portugal de norte a sur sin ninguna incidencia y llegamos a su capital en torno a las 6 de la tarde. Al ser invierno y tener Portugal una hora menos, ya era prácticamente de noche, por lo que aprovechamos la excelente ubicación de nuestro modesto pero acogedor hostel para dar un primer paseo nocturno por la ciudad.

Estábamos alojados a pocos metros de la Avenida da Liberdade, muy cerca ya del centro histórico de la ciudad. Era lo bastante lejos para poder aparcar el coche en la calle sin que nos costara un riñón y lo bastante cerca para que en 5 minutos pudiéramos admirar los colores y el ambiente de Lisboa en navidad.

Tranvía desde Avda. Liberdade a Barrio Alto

Tranvía desde Avda. Liberdade a Barrio Alto

Obelisco de la Plaza dos restauradores

Obelisco de la Plaza dos restauradores

Edificios como la Estación de tren de Rossio, que mantenía su fachada original restaurada e iluminada, estaba lista para ser admirada por todos en todo momento. Servía además como pequeño atajo para llegar a la parte alta de la ciudad utilizando las escaleras mecánicas de su interior.

La Plaza del Rossio se vestía de navidad con sus enormes paquetes de regalo iluminados. También las calles peatonales que comunicaban el Rossio con la Plaza del Comercio, ya en la zona marítima de Lisboa, se veían invadidas por los peatones, las terrazas de los bares y restaurantes y los muchos artistas callejeros que animaban y ambientaban el paseo.

Empezábamos a comprobar que la oferta de drogas en el centro era constante y a lo largo de los días llegaría a ser incluso agobiante. No llevábamos ni una hora por el centro y ya eran varios los trapicheros que se nos habían acercado sin ningún tipo de pudor a ofrecernos todo tipo de sustancias. No llegamos a averiguar si era la cara de turistas que llevábamos, si la cámara nos delataba en todo momento o si simplemente se la ofrecían a cualquiera, pero no dejó de sorprendernos la facilidad con la que aparecían en cualquier lado.

Estación de trenes do Rossio

Estación de trenes do Rossio

Plaza do Rossio

Plaza do Rossio

Plaza do Rossio

Plaza do Rossio

Plaza do Rossio

Plaza do Rossio

Calle dos correeiros

Calle dos correeiros

Calle dos correeiros

Calle dos correeiros

Arco de calle Augusta

Arco de calle Augusta

El ambiente navideño se notaba sobre todo en los tradicionales mercadillos de artesanía y puestos de comida. Las castañas asadas eran uno de los más recurrentes, pero cuando llegamos a la Plaza do Comercio, nos encontramos un completo despliegue navideño. En esta enorme explanada estaban montadas una pista de hielo, un tiovivo y hasta un puesto donde el Pai Natal (si, si, papa noel) tomaba nota de los regalos de los niños que se iban sentando en orden en su regazo. En uno de los lados de la plaza tuvimos la ocasión de recorrer un muy variado mercado, en el que nos aprovisionamos con unas bolas da praia y un vasito de ginjinha y allá que nos fuimos a disfrutar de un concierto que estaba teniendo lugar en el escenario anexo al mercadillo. Un grupo local, a Roda de choro de Lisboa, le daba vidilla a todo el que pasaba y allá que nos unimos. Una vez llegó a su fin, nos acercamos finalmente a la zona de costa donde las aguas del Tajo se mezclaban con las del Atlántico y bañaban suavemente las orillas de la capital lusa. De fondo, a lo lejos, el puente 25 de Abril y el Cristo Rey se dejaban intuir entre la bruma marina.

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Plaza do comercio

Mercado de natal

Mercado de natal

Decidíamos retirarnos por el momento y tomar fuerzas para los días que nos quedaban por delante recorriendo la zona, pero contentos de la primera toma de contacto, sobre todo después de la pequeña decepción que nos habíamos llevado tiempo atrás en Oporto, por lo que era el momento de intentar reconciliarnos con Portugal y Lisboa parecía ser la mejor manera para conseguirlo.

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