Un accidentado viaje en tren hacia Berlín

A los fornidos agentes aduaneros alemanes y a sus simpáticos y tiernos perritos que nos obsequiaron con una cálida visita de madrugada en nuestro compartimento del tren entre Amsterdam y Berlín. Gracias! Sin vosotros nunca nos hubiéramos sentido tan protegidos! [Sarcasmo OFF]

En la Amsterdam Centraal Station éramos bastantes los viajeros con mochilas a cuestas que nos concentrábamos en torno a la indicación del andén de donde iba a salir el tren que cruzaría media Europa. Aún no había llegado y todos nos sentábamos donde buenamente podíamos, preparándonos mentalmente para muchas horas en un viaje nocturno. El tren, que para más señas se llamaba Kopernikus, estaba a punto de salir y se pasaría toda la noche de estación en estación hasta llegar a su destino final en Praga, aunque nosotros teníamos previsto apearnos antes. Berlín nos esperaba.

Copérnico no era precisamente el tren más moderno de la flota, y eso lo notamos cuando nos sentamos en nuestros asientos, supuestamente reclinables, según decía nuestro billete. Técnicamente si que se podían mover, pero los 3 centímetros escasos que se desplazaba el respaldo no parecían suficientes para conseguir echarse una buena cabezada cuando llegara la noche. Ilusos de nosotros, creímos que un asiento reclinable sería más que suficiente para pasar la noche, esperándonos tal vez más espacio del que realmente teníamos cuando entramos en nuestro compartimento. Los seis asientos enfrentados prometían molestos choques de piernas y cabezas ajenas sobre nuestros hombros si la cabina llegaba a llenarse por lo que, de buenas a primeras, nos alegramos de poder sentarnos uno frente al otro y que así por lo menos todo quedase en casa. Cuando el tren empezó a pitar y a moverse cada vez más rápido nos las prometimos felices al ser los únicos que estábamos allí. Ni cortos ni perezosos, nos estiramos todo lo que pudimos y nos pusimos a dormir.

Todavía eran las 7 de la tarde pero ya se sabe que cuando el cansancio aprieta cualquier hora es buena, así que al menos cayó una buena siesta de dos horas antes de que los primeros compañeros de cuarto entraran. A cada parada fueron incorporándose más hasta llenar el poco espacio disponible y no tardábamos ninguno de nosotros en sacarnos los zapatos a medida que nos sentábamos, en una especie de concesión viajera que nos hacíamos los unos a los otros. Si tu te descalzas, yo también, y cada uno que lleve lo mejor que pueda el olor de pies ajeno.

Al rato estábamos todos durmiendo de cualquier manera, procurando no molestar al vecino y retorciéndonos para intentar cambiar de posición en aquel minúsculo espacio. Uno de los inquilinos de esta comuna temporal que era este vagón llegó incluso a tomarse muchas libertades, retorciendo su cuerpo hasta limites insospechados y plantándole un pie en la cara a Made en una de sus peculiares posiciones. Una llamada al orden fue suficiente para que retomara una posición más humana y así continuamos intentando conciliar todos el sueño.

En el tren hacía Berlín Tren de Amsterdam a Berlín

Ya de madrugada, las puertas del compartimento se abrieron bruscamente, despertándonos a todos. Todavía estábamos intentando abrir los ojos e intentar averiguar que pasaba cuando ante nosotros dos perros metían sus cabezas entre nuestras piernas olisqueando cada rincón. A su vez, dos agentes de policía, vestidos de verde y con la palabra ZOLL escrita en su uniforme, nos daban las buenas noches y nos preguntaban si hablábamos alemán. Les aclaramos que solo inglés y comenzamos una breve conversación con ellos para aclararles que éramos españoles y explicar las razones por las que viajábamos a Berlín. Lo mismo hicieron con el resto de los pasajeros y se retiraron a por el siguiente camarote. Era la policía aduanera alemana en pleno control rutinario.

La siguiente cabezada que pudimos echar ya no fue todo lo profunda que nos hubiera gustado. Faltaba poco para llegar a nuestra parada y el temor a pasárnosla junto con el hecho de que era noche cerrada y malamente se podían ver a través de la ventanilla algunas de las estaciones en las que anteriormente se había detenido el tren ampliaban esa sensación. Así fue como la última hora de viaje la pasamos a golpe de música en los oídos e intentando adivinar el oscuro paisaje con lo poco que dejaba entrever la luz de la luna. Exactamente a las 4 y 21, hora prevista de llegada, el tren se detenía en la enorme estación central de Berlín. El tren todavía tenía un buen trecho por delante hasta Praga, pero aquí nos quedábamos nosotros. Habíamos llegado a la impronunciable Berlín Hauptbahnhof y era el momento de ubicarnos sobre el mapa para decidir como haríamos para llegar a nuestro hostel flotante.

Estación de tren de Hauptbahnhof Estación de tren de Hauptbahnhof

Un pequeño error lingüístico me llevó a pensar que el hostel estaba a unos diez minutos andando de la estación de tren, por lo que en cuanto intentamos ir hacía allí, descubrimos que ninguna calle encajaba con mis anotaciones en el mapa. Después de preguntarle a un empleado de la estación, descubrimos que, mira tú por donde, Hauptbahnhof no era lo mismo que Ostbahnhof y que por lo tanto no hablábamos de la misma estación. Bastó con coger la línea de metro hacía allí y bajarnos en la parada correcta para solventar el problema. Los diez minutos que, ahora si, nos separaban del hostel transcurrían a lo largo de uno de los más importantes monumentos que la ciudad alemana había reconvertido de entre los restos de su historia: el muro de Berlín. La East Side Gallery era nuestra primera toma de contacto con la historia de la ciudad y precisamente detrás de ella, sobre el río Spree, flotaba el que iba a ser nuestro alojamiento durante estos días…

Hostelboat sobre el río Spree

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Fotos: Flickr

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